Entre las críticas que reciben los antidepresivos hay una que hace referencia a la hipótesis serotoninérgica (o monoaminérgica, en general). El argumento es más o menos que la hipótesis serotoninérgica de la depresión no tiene suficiente base científica y que, por lo tanto, el empleo de antidepresivos no está justificado. De entrada, es cierto que no sabemos cuál es el mecanismo de acción de los antidepresivos y que el mecanismo del que más se habla —que la depresión está relacionada con una deficiencia funcional de neurotransmisores— no tiene una evidencia que lo confirme. Pero vamos a revisar brevemente la historia de los antidepresivos para entender por qué no hay una relación directa entre la hipótesis serotoninérgica y la utilización de los antidepresivos.

Los antidepresivos se descubrieron por un mecanismo que se llama serendipia, que consiste en que encuentras una cosa cuando vas buscando otra. Así es como se han descubierto miles de cosas en medicina y en ciencia, desde la penicilina al Viagra. Todos los psicofármacos se descubrieron de esta manera, por casualidad, por serendipia. El primer antidepresivo que se identificó fue la iproniacida. En el año 1952 se observó que producía un efecto estimulante en los enfermos en los que se usaba entonces, que no eran enfermos psiquiátricos sino pacientes tuberculosos. A raíz de eso se probó en pacientes deprimidos y en 1957 fue comunicada su eficacia como antidepresivo por Crane y en 1958 por Nathan Kline. Surgió así un grupo de antidepresivos que se llama inhibidores de la monoaminooxidasa o IMAOs.

El otro grupo clásico de antidepresivos es el de los tricíclicos cuyo primer representante fue la imipramina. La imipramina fue descubierta por Roland Kuhn, investigador que iba buscando un antipsicótico. La imipramina tiene una estructura química similar a la clorpromazina, el primer antipsicótico descubierto y Kuhn estaba investigando su utilidad como antipsicótico para el laboratorio Geigy cuando observó su efecto antidepresivo en algunos pacientes psicóticos con depresión. Sin embargo, Geigy no tenía ningún interés en comercializar antidepresivos por la sencilla razón de que no había un mercado para ellos y, aunque se comercializó en Europa en 1958, no le hacía mucho caso. En los años 50 del siglo pasado se estimaba la prevalencia de la depresión en un 0,5% mientras que en los años 90 ya se hablaba de un 10% e incluso algunos dicen que el 25% de la población presenta síntomas depresivos.

El término antidepresivo fue acuñado por Max Lurie en 1952 pero no se empezó a usar hasta mediados de los años 60. El diccionario Webster de 1966 no lo recoge todavía. A la imipramina se la denominó timoléptico y a la iproniazida energizante psíquico. Al principio, nadie tenía el concepto de que pudiera existir un grupo de fármacos “antidepresivos” y el mérito de Kuhn (con formación psicodinámica) tiene que ver con haber seguido esa línea de investigación a pesar de que en la época ni los psiquiatras ni los psicoanalistas se habían centrado en la depresión porque pensaban que era rara, comparada con los trastornos de ansiedad. El gran boom de la depresión llegaría en los años 80 en relación a la comercialización del Prozac, luego hablaremos de ello. Es curioso que un accionista de Geigy, Robert Boehringer, le pidió a Kuhn tabletas de imipramina para tratar a su mujer que padecía una depresión y el fármaco resultó muy eficaz. Tras esa experiencia personal, Boehringer presionó a Geigy para que promocionara con más ahínco la imipramina.

El caso es que a primeros de los años 60 se habían comercializado siete IMAOs y dos tricíclicos y nadie tenía ni la más remota idea de su mecanismos de acción; creo que queda claro que la utilización de antidepresivos no tuvo nada que ver con ninguna hipótesis serotoninérgica sino con observaciones clínicas. Las primeras hipótesis sobre el mecanismos de acción de los antidepresivos se lanzan en 1965, principalmente por Schildkraut en un artículo en el American Journal of Psychiatry, donde propone que la depresión se debe a un déficit relativo en catecolaminas y en especial de la noradrenalina. Es decir, que la primera hipótesis que se publica no tiene que ver con la serotonina sino con la adrenalina. Esto en parte se debió a que desde décadas antes se había considerado a la catecolamina noradrenalina como una hormona relacionada con el estrés. Canon en 1929 ya identificó a la noradrenalina y a la adrenalina como como un factor clave para movilizar la respuesta de “lucha-huida” frente a los estímulos amenazantes.

Una observación en la que se basó Schildkraut para proponer su hipótesis fue en el efecto de la reserpina. La reserpina se había observado que producía una sedación o “depresión” en animales y se comprobó que vaciaba el cerebro de catecolaminas. También se observó que esa sedación se podía revertir si se administraba DOPA o IMAOs o tricíclicos. Hay que decir que todas esta observaciones se discutieron posteriormente e incluso hay un estudio de 1955 que demuestra que la reserpina es antidepresivo, pero en aquella época era lo que se pensaba.

Ninguno de los investigadores serios presentaron estas hipótesis como verdades científicas irrebatibles sino como lo que eran, hipótesis que podían mover a una mayor investigación y a aumentar nuestros conocimientos de la neurotransmisión y bioquímica cerebral

Fue en 1967 cuando por primera vez Coppen implica a la serotonina en la depresión en el British Journal of Psychiatry surge la hipótesis serotoninérgica (entre otras razones porque había observado que añadir triptófano —precursor de la serotonina— a un IMAO aumentaba su efecto antidepresivo). La serotonina es una indolamina y la noradrenalina una catecolamina, como hemos dicho, pero tanto unas como otras son monoaminas, es por eso que ambas hipótesis se pueden unificar bajo el nombre de hipótesis monoaminérgica de la depresión. En las dos décadas siguientes se produce una división entre los investigadores americanos y los británicos formándose dos bandos. Los americanos se dedican a la noradrenalina y los británicos a la serotonina, pero la corriente mayoritaria es la que implica a la noradrenalina. Los americanos decían, por ejemplo, que los antidepresivos tricíclicos bloquean más el efecto de noradrenalina que el de serotonina y que el papel de la serotonina era secundario. Pero el otro bando respondía con los estudios de los rusos Lapin y Oxenkrug que decían que todos los antidepresivos, incluyendo la terapia electroconvulsiva, aumentaban la disponibilidad de serotinina en el cerebro.

Pero hay que decir que ninguno de los investigadores serios presentaron estas hipótesis como verdades científicas irrebatibles sino como lo que eran, hipótesis que podían mover a una mayor investigación y a aumentar nuestros conocimientos de la neurotransmisión y bioquímica cerebral. El mismo Schildkraut en su artículo de 1965 dice que la hipótesis de las catecolaminas es “sin duda, en el mejor de los casos, una sobresimplificación de un estado biológico muy complejo”. Y todo el mundo, tanto investigadores como psiquiatras, eran conscientes de las limitaciones y de las incongruencias de estas hipótesis que no explicaban muchas cosas. Voy a señalar algunas de estas cosas que no explica:
La inducción bioquímica de los efectos sobre los neurotransmisores en las sinapsis es inmediata pero el efecto antidepresivo es tardío (semanas).
No hay relación directa entre la potencia de acción sobre el neurotransmisor y la eficacia clínica del producto
Moléculas muy inhibidoras de la recaptación de aminas (como la cocaína) no son antidepresivas.
La disminución de metabolismos de la serotonina en líquido cefalorraquídeo tras el uso de tricíclicos no se correlaciona con la respuesta clínica.
Y lo más importante: que no se ha demostrado alteraciones de los neurotransmisores en los pacientes depresivos de una manera concluyente (tal vez exceptuando la asociación entre baja serotonina y suicidio).
 

Un papel muy diferente es el que ha jugado la industria farmacéutica en relación con la hipótesis monoaminérgica.

 Por un lado, ha sido una herramienta y una hipótesis que ha guiado el desarrollo de nuevos fármacos y se han buscado fármacos que actuaran sobre determinados neurotransmisores como guía para dar con antidepresivos. Pero, por otro lado, la han utilizado como herramienta de marketing, generando todo una neurociencia-ficción simplista para darle un lustre científico a sus productos y la han presentado como más basada en la evidencia científica de lo que realmente era. El Prozac se comercializa en 1987 y los 90 es la época en la que se produce un boom en el uso de antidepresivos y en el aumento de la prevalencia de la depresión, fenómenos ambos que están ligados como vamos a ver. Sería largo entrar en ello pero voy a dar algunas claves pero recomiendo a los interesado el libro Let Them Eat Prozac, de David Healy.

Una de las razones del giro de la industria de los ansiolíticos a los antidepresivos fue el descubrimiento de los problemas de adicción con las benzodiacepinas. Los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina (ISRS; el más famoso el Prozac) podrían haberse comercializado como ansiolíticos o como antidepresivos. De hecho, tras su comercialización, los ISRS han ido consiguiendo indicación para varios trastornos de ansiedad: Trastorno Obsesivo-Compulsivo, Ataques de pánico, Fobia Social… Según Healy, el ambiente generado por la adicción a benzodiacepinas inclinó a Lilly a desarrollarlo como antidepresivo. Por ejemplo en Japón donde no hubo ese problema con el uso de benzodiacepinas, en el año 2000 no se había comercializado ningún ISRS y el mercado de las benzodiacepinas y ansiolíticos seguía siendo fuerte.

El boom en los últimos años de la hipótesis serotoninérgica está muy ligado a la industria farmacéutica y a estrategias de marketing

Pero la industria farmacéutica no se dedicó sólo a vender antidepresivos sino que principalmente se dedicó a vender depresión, lo cual es un principio básico del marketing: el buen vendedor no vende agua, vende sed (hemos visto múltiples ejemplos de esta técnica, por ejemplo la de vender gripe aviar para vender tamiflú). A ello colaboraron los cambios en los criterios diagnósticos de la depresión en el DSM-III que amplió el concepto de depresión al introducir la depresión mayor. Como hemos comentado antes, en los años 50 las depresiones principales eran las melancolías, depresiones graves psicóticas -las cuales solían requerir ingreso— y no el fenómeno actual de las depresiones ambulatorias. Se produce entonces un fenómeno que se llama “disease mongering” o promoción de enfermedades; si yo promuevo la depresión, o el trastorno de pánico, o la fobia social, o el trastorno bipolar en realidad estoy vendiendo mis fármacos, si promuevo la enfermedad el remedio se vende solo. Así que el boom en los últimos años de la hipótesis serotoninérgica está muy ligado a la industria farmacéutica y a estrategias de marketing.

Todo esto es muy conocido y se critica mucho así que no me voy a extender más. Pero para acabar el artículo sí quiero referirme a un cambio legal que ha permitido que la industria farmacéutica pueda hacer estas cosas que comentamos (como la promoción de enfermedades), una modificación legislativa que cambió la asistencia sanitaria de una manera radical y que muy poca gente conoce y, por lo tanto, algo de lo que no se suele hablar. Me refiero a la enmienda Kefauver-Harris de 1962 a la ley federal de alimentos y medicamentos de 1938, que fue una consecuencia de la crisis de la talidomida. Súbitamente, se comprendió entonces que los fármacos podían ser peligrosos y por ello entró en vigor la enmienda de 1962, la cual cambió por completo el desarrollo y la comercialización de fármacos. Esta enmienda provocó cambios en tres áreas:

1- Las compañías farmacéuticas tenían que desarrollar fármacos dirigidos a enfermedades específicas. Este punto es clave para lo que estamos hablando. Antes de esta época se podía comercializar un fármaco como “estimulante” o como “tranquilizante” o alguna etiqueta general de este tipo. Pero a partir de esta enmienda tiene que ser un fármaco para la diabetes, para el trastorno por déficit de atención o para la depresión. Creo que ahora podéis ver la relación entre la ley y lo que hacen los laboratorios.

2- Los fármacos sólo estarían disponibles por prescripción médica.

3- La enmienda obliga a realizar ensayos clínicos aleatorizados controlados (RCT) para demostrar la eficacia de los fármacos además de la demostración de seguridad que ya existía.

Casi todos los antidepresivos son descendientes de los descubrimientos clínicos de los años 50, lo que la investigación posterior ha hecho ha sido tirar del hilo que se descubrió sin tanta sofisticación en los años 50

Esta ley tuvo consecuencias positivas indudablemente en todo lo relacionado con la seguridad de los fármacos pero tuvo también consecuencias negativas en muchos otros sentidos, porque como se suele decir: “hecha la ley, hecha la trampa”. Por un lado, la enmienda favorece una visión categorial en vez de dimensional de las enfermedades, en este caso de las mentales. Anteriormente existía en psiquiatría una visión más dimensional de los trastornos pero a partir de entonces se promueve la división en enfermedades diferentes y tenemos en el DSM al exponente más claro de esta nueva filosofía. Otra consecuencia negativa es el encarecimiento del desarrollo de fármacos. Los ensayos controlado son caros y resulta que sólo la industria farmacéutica puede permitírselos.

Anteriormente, como hemos visto, un investigador o clínico podía observar el efecto de un fármaco, estudiarlo en un cierto número de pacientes y publicar los resultados y en muy pocos años o incluso meses el fármaco podía estar en el mercado. Con el nuevo sistema el desarrollo de fármacos se complica costando muchos millones y años llegar al mercado. Hay que decir que los principales descubrimientos en psiquiatría (y en medicina en general) no han procedido casi nunca de ensayos controlados, como hemos visto. La creatividad no procede de los ensayos controlados aunque luego estos sean necesarios para consolidar los descubrimientos o fármacos. La prueba es que casi todos los antidepresivos (y psicofármacos en general) son descendientes de los descubrimientos clínicos de los años 50, lo que la investigación posterior ha hecho ha sido tirar del hilo que se descubrió sin tanta sofisticación en los años 50.

Resumiendo, este breve recorrido histórico nos muestra que la historia de la hipótesis serotoninérgica es mucho más compleja de lo que se afirma habitualmente de una manera simplista. Y desde luego no hay una relación entre su veracidad y el uso clínico de los antidepresivos. Ha sido una herramienta para realizar nuevos descubrimientos pero también ha sido mal utilizada y sobredimensionada. En ello han influido múltiples factores entre los que destacan el papel de la industria farmacéutica y el papel de la Administración por medio de la normativa para el desarrollo y comercialización de fármacos.

 Referencias bibliográficas:

COPPEN, A. (1967). The Biochemistry of Affective Disorders. The British Journal of Psychiatry, 113(504), 1237-1264. doi:10.1192/bjp.113.504.1237

Davies, D., & Shepherd, M. (1955). RESERPINE IN THE TREATMENT OF ANXIOUS AND DEPRESSED PATIENTS. The Lancet, 266(6881), 117-120. doi:10.1016/s0140-6736(55)92118-8

Healy, D. (2004). The creation of psychopharmacology.

Mulinari, S. (2012). Monoamine Theories of Depression: Historical Impact on Biomedical Research. Journal of the History of the Neurosciences, 21(4), 366-392. doi:10.1080/0964704x.2011.623917

SCHILDKRAUT, J. J. (1965). The Catecholamine Hypothesis of Adfective Disorders: A review of Supporting Evidence. American Journal of Psychiatry, 122(5), 509-522. doi:10.1176/ajp.122.5.509

Fuente: https://www.psyciencia.com/depresion-serotonina-historia/

http://www.hoymedito.com/2013/02/clases-de-meditacion-mindfulness-online.html

"No le pregunto a la persona herida cómo se siente. Yo mismo me convierto en la persona herida", escribió Walt Whitman. Sin duda, la empatía es una cualidad imprescindible para poder relacionarnos asertivamente con quienes nos rodean. Ser capaces de ponernos en el lugar del otro y experimentar sus sentimientos nos permite comprender su situación y ayudarle de la mejor manera posible. Sin embargo, ser excesivamente empático también es un arma de doble filo y podemos terminar pagándolo muy caro, sufriendo lo que se conoce como Síndrome de Desgaste por Empatía.

¿Qué es el desgaste por empatía?
No basta con comprender qué es la empatía, es necesario diseccionarla. De hecho, existen diferentes tipos de empatía. La empatía cognitiva es aquella en la que nos limitamos a adoptar la perspectiva del otro y comprender sus puntos de vista de manera meramente intelectual. También existe la preocupación empática, que implica la habilidad para comprender y experimentar los estados emocionales de los demás, mostrar una preocupación auténtica y ser capaces de ayudarlos sin poner en peligro nuestro equilibrio psicológico.

Por último, existe una empatía que puede calificarse como un simple contagio emocional y que genera una gran dosis de distrés personal. En este caso, nos contagiamos con las emociones de los demás pero no somos capaces de protegernos, por lo que terminamos sufriendo con ellos, arrasados por esas emociones.

Preocuparse excesivamente por el dolor emocional de los demás sin tener las herramientas psicológicas para gestionar esa situación, termina generando el desgaste por empatía, también conocido como fatiga por compasión.

Este término fue propuesto por el psicólogo Charles Figley para referirse a quienes experimentan una profunda fatiga como resultado de haber estado ayudando a personas que han pasado por situaciones difíciles o traumáticas. En práctica, se debe a un intenso deseo de calmar el dolor o resolver el problema de la persona que sufre, sin poder gestionar el dolor propio que eso ocasiona.

La fatiga por empatía difiere del conocido Síndrome de Burnout ya que este se desarrolla de manera gradual, generalmente como resultado de un agotamiento emocional. Al contrario, el desgaste por empatía surge de modo repentino, puede aparecer después de un solo encuentro con la persona que sufre. Además, el Síndrome de Burnout suele romper las aspiraciones, los sueños y deseos de quien lo padece, generando sentimientos de desilusión y frustración, afectando el sentimiento de realización personal.

¿Quiénes son más propensos a padecer el Síndrome de Desgaste por Empatía?
Como es lógico, el Síndrome de Desgaste por Empatía es más común en los profesionales que están en contacto directo con personas que necesitan ayuda, como los psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y personal médico o de salvamento. Sin embargo, cualquier persona puede ser víctima del desgaste por compasión.

Un estudio realizado en la Universidad Adventista del Plata desveló que el desgaste por empatía está vinculado con la atención emocional y la reparación emocional. La atención emocional se refiere a la habilidad para prestar atención a las emociones y estados de ánimo de los demás. En práctica, las personas que padecen el Síndrome de Desgaste por Empatía le prestarían demasiada atención a las emociones, quedándose atrapadas en sus redes.

De hecho, el desgaste por empatía también se ha relacionado con una pobre reparación emocional; que se refiere a la capacidad para poner en práctica planes de acción que nos permita regular nuestros estados de ánimo, como el simple hecho de asumir una distancia psicológica para proteger nuestro equilibrio afectivo.

Las personas que prestan mayor atención a sus emociones reportan niveles de ansiedad más elevados como respuesta a la mayoría de las situaciones de la vida cotidiana y suelen usar estrategias de afrontamiento desadaptativas centradas en la evitación, rumiación, supresión de pensamiento y autoculpabilidad.

Por tanto, si eres una persona hipersensible emocionalmente pero no logras poner en marcha estrategias que te permitan reparar esas heridas, es más probable que termines sufriendo el Síndrome de Desgaste por Empatía.

Los síntomas del desgaste por empatía

1. Reexperimentación.
La persona vuelve a experimentar las experiencias traumáticas que han vivido los demás, ya sea a través de flashbacks, durante sus sueños o simplemente rumiándola durante el día. El primer signo de alarma es que no logras sacarte esa situación de la cabeza y descubres que piensas en ello más de lo habitual, lo cual significa que se ha quedado como un foco activo en tu cerebro.

2. Embotamiento afectivo y evitación.
El distrés acumulado que no se gestiona adecuadamente puede terminar haciendo que te desconectes por completo de la situación. En práctica, cuando tu mente se satura y llega al punto en el que no puede seguir asimilando tanto dolor y sufrimiento, se distancia emocionalmente de la realidad. Como resultado, se experimenta irritabilidad, frustración y la sensación de desconexión emocional, como si todo fuera ajeno, lo cual termina afectando la capacidad de disfrute y para relacionarse con las personas.

3. Hiperactivación. A la larga, el Síndrome de Desgaste por Empatía no solo genera fatiga sino también ansiedad. Si te sucede, es probable que entres en un estado de hiperactivación nerviosa, el cual provoca dificultades para dormir, problemas para concentrarte y una exaltación extrema ante estímulos pequeños, e incluso ataques de pánico.

¿Cómo evitar el desgaste por compasión?

- Desconecta, dedicar tiempo a actividades de ocio te ayudará a proteger tu equilibrio emocional ya que así no acumularás estrés, frustración y preocupaciones innecesarias.

- Practica la meditación mindfulness o técnicas de relajación que te permitan “recargar” tu batería emocional y estimulen un estado de paz interior. Recuerda que cuando hay calma dentro, las tormentas externas no hacen mella.

- Aprende a desarrollar una distancia psicológica de los problemas, tanto de los propios como de los ajenos, lo cual no significa ser frío y egoísta sino asumir una actitud que te permita lidiar con las situaciones de la mejor manera posible.

- Desarrolla más tu Inteligencia Emocional, aprende a detectar las situaciones que generan estrés y malestar y aplica estrategias de afrontamiento que te ayuden a dejar ir las emociones que pueden dañarte, como la técnica de las hojas del río.
Fuentes:
Alecsiuk, B. (2015) Inteligencia Emocional y Desgaste Por Empatía En Terapeutas. Revista Argentina de Clínica Psicológica; 24: 43-56.
Mestre-Escrivá, V., Frías Navarro, M.D. y Samper-García, P. (2004) La medida de la empatía: análisis del Interpersonal Reactivity Index. Psicothema; 16(2): 255-260.
Figley, C.R. (1995) Compassion Fatigue: Coping with secondary traumatic stress disorder in those who treat the traumatized. Nueva York: Brunner/Mazel Publishers.
https://www.rinconpsicologia.com/2018/06/desgaste-por-empatia-sintomas.html?m=1
http://www.hoymedito.com/2013/02/clases-de-meditacion-mindfulness-online.html

Después del primer gol de Croacia, Ezequiel Brauer, de siete años, echó mano a las estadísticas. Se había preparado para este Mundial. Conocía a los jugadores, las tácticas de los equipos, la historia de otros mundiales. Cuando llegó el gol, le dijo al padre que era el momento para que el técnico sacara al arquero, que lo mismo le había pasado una vez a Alemania, y que a partir de ese momento, Willy Caballero iba a estar tan nervioso que iba a atajar muy mal. Pero que no pasaba nada, el gol de Croacia era la oportunidad para que el equipo reaccionara e hiciera las cosas bien.

El segundo gol lo dejó mudo. Empezó a calcular las probabilidades de la Argentina. A quién había que ganarle para clasificar. Cuando llegó el tercero, Ezequiel le pidió a los padres apagar la tele. No podía con el tsunami de emociones que lo golpeaba dentro. "Igual, si la Argentina hace tres o cuatro goles nos vamos a enterar por los vecinos", les dijo.

Este es, sin dudas, el Mundial de los vaivenes emocionales. Al menos en el corazón de los más chicos, esos que tienen entre siete y doce años y viven al cien por ciento su primer o segundo mundial, y que navegan entre la angustia, la desesperanza y la ilusión. La victoria de Nigeria frente a Islandia volvió a encender la expectativa. Una chance que parece remota desde la perspectiva de los más grandes, pero que los más chicos abrazan con mucha esperanza.

¿Cómo hablar con los hijos después de la derrota de la Argentina? ¿Cómo ayudarlos a canalizar la frustración que dejó el partido de ayer? ¿Cómo manejar sus expectativas a la luz de los nuevos resultados para evitar que se derrumben emocionalmente si quedamos afuera del Mundial el martes próximo?

Esas son algunas de las preguntas que por estas horas se hacen miles de padres, que luchan por mantener la esperanza de sus hijos por encima de la línea de flotación, a pesar de sentir la zozobra de ser eliminados en fase de grupos en un Mundial. "Lamentable", "Un papelón", "Mejor es que nos volvamos", "Somos horribles", "Nos merecemos volver" son frases que no ayudan, coinciden los especialistas. Sobre todo si pretendemos que los chicos entiendan que es solo un partido, que a veces se gana y muchas veces se pierde.

Sin consuelo
Después del empate con Islandia, Franco Rossi Dallas, de diez años, estalló en llanto. No había abrazo ni beso que lo consolara. ¿Cómo pudimos jugar tan mal?, repetía con voz ronca. Soledad, la mamá, lo llevó a fútbol para que se despejara, pero el malhumor no se le iba. Por eso, quedó en alerta para el partido frente a Croacia. Lo retiró la abuela antes del colegio, como le había pedido, lo mismo que a Lucía, de nueve años. Vinieron con dos amigos para ver el partido. "El día anterior, hablé con él. Le expliqué que era solo un partido -cuenta Soledad-. Que no siempre se gana, que hay mundiales cada cuatro años. Pero para él es toda una vida fue su respuesta".

Aunque ella estaba en el trabajo, los goles de Croacia la conectaron con la bronca de su hijo. Después del primero, llamó a la casa y la abuela le dijo que estaba mal, pero que lo venía manejando. En el segundo, lo mismo. "Cada jugada era una decepción. Se angustiaba más. Al tercer gol lo llamé y hablé con él: estaba indignado. No podía manejar la frustración y la angustia que le generó el resultado", dice Soledad.

La hermana menor intentaba convencerlo de que había posibilidades si ganaba Nigeria. El repetía que no, que esto era un desastre. "No puedo creer cómo está la gente en la calle. Están todos muy tristes. Imaginate si hubiéramos ganado", le dijo Lucía, a la noche, cuando volvió de su clase de acrobacia. Felipe, el mayor de los hermanos, que tiene 15 años, vio el partido con sus amigos. A él le tocó vivir con esa intensidad el mundial anterior. Ayer, después del tercer gol, él y sus amigos decidieron apagar la tele y encender la play.

"Los chicos respiran el clima emocional de la casa. Ellos no digieren lo que a nosotros nos cuesta metabolizar. Pensemos en las altas expectativas con las que los adultos introdujimos a estos chicos en el ambiente del Mundial. Compramos teles enormes, juntamos las figuritas, nos llenamos la boca hablando de Argentina, de Messi, de que somos los mejores. La diferencia es que los adultos tenemos otros recursos para manejar las expectativas frustradas. Enseguida pasamos a otra cosa. Pero los más chicos, los que viven su primer Mundial, sienten que hay una fiesta que termina abruptamente, de la peor manera. Es el fin del mundo. Por eso, como adultos tenemos que ser más inteligentes en cómo manejamos las pasiones. Ayudarlos a los chicos a reflexionar, a entender las lecciones que nos dejan estas experiencias", dice Mónica Cruppi, terapeuta de niños y miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

"En campeonatos anteriores, hemos desdeñado el salir segundos. Les enseñamos a nuestros hijos que ser subcampeones es un fracaso. Que el esfuerzo sólo vale por sus resultados. Son todas lecciones que vamos dando", agrega Cruppi.

Tolerar la frustración
¿Qué le ocurre al cerebro de los chicos frente a una derrota aplastante como la que tuvo la Selección frente a Croacia? La neurociencia tiene una explicación: "La tolerancia a la frustración es una capacidad que tenemos que desarrollar todos los seres humanos. Tiene que ver con la flexibilidad cognitiva. Algunas personas por razones neurobiológicas tienen poca tolerancia. Son más rígidos. Si las cosas no se dan como esperaban, se frustran. No manejan su impulsividad, no logran la metacognición, que es la capacidad de aprender de los errores. Pero el ambiente en el que crecemos es el caldo de cultivo. Puede empeorar o mejorar la neurobiología. Hoy, en muchos ambientes hay una muy baja tolerancia a la frustración. Son entornos en los que no reconocen límites, o que sobreponderan el éxito. Y esto empeora cómo se viven situaciones como la derrota frente a Croacia, sobre todo en los más chicos, que tienen menos desarrollada su flexibilidad cognitiva", explica Paula Tripicchio, psicóloga del Departamento Infanto Juvenil del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco).

Después del primer gol de Croacia, Ezequiel Brauer, de siete años, echó mano a las estadísticas. Se había preparado para este Mundial. Conocía a los jugadores, las tácticas de los equipos, la historia de otros mundiales. Cuando llegó el gol, le dijo al padre que era el momento para que el técnico sacara al arquero, que lo mismo le había pasado una vez a Alemania, y que a partir de ese momento, Willy Caballero iba a estar tan nervioso que iba a atajar muy mal. Pero que no pasaba nada, el gol de Croacia era la oportunidad para que el equipo reaccionara e hiciera las cosas bien.

El segundo gol lo dejó mudo. Empezó a calcular las probabilidades de la Argentina. A quién había que ganarle para clasificar. Cuando llegó el tercero, Ezequiel le pidió a los padres apagar la tele. No podía con el tsunami de emociones que lo golpeaba dentro. "Igual, si la Argentina hace tres o cuatro goles nos vamos a enterar por los vecinos", les dijo.
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Este es, sin dudas, el Mundial de los vaivenes emocionales. Al menos en el corazón de los más chicos, esos que tienen entre siete y doce años y viven al cien por ciento su primer o segundo mundial, y que navegan entre la angustia, la desesperanza y la ilusión. La victoria de Nigeria frente a Islandia volvió a encender la expectativa. Una chance que parece remota desde la perspectiva de los más grandes, pero que los más chicos abrazan con mucha esperanza.

¿Cómo hablar con los hijos después de la derrota de la Argentina? ¿Cómo ayudarlos a canalizar la frustración que dejó el partido de ayer? ¿Cómo manejar sus expectativas a la luz de los nuevos resultados para evitar que se derrumben emocionalmente si quedamos afuera del Mundial el martes próximo?

Esas son algunas de las preguntas que por estas horas se hacen miles de padres, que luchan por mantener la esperanza de sus hijos por encima de la línea de flotación, a pesar de sentir la zozobra de ser eliminados en fase de grupos en un Mundial. "Lamentable", "Un papelón", "Mejor es que nos volvamos", "Somos horribles", "Nos merecemos volver" son frases que no ayudan, coinciden los especialistas. Sobre todo si pretendemos que los chicos entiendan que es solo un partido, que a veces se gana y muchas veces se pierde.
Sin consuelo

Después del empate con Islandia, Franco Rossi Dallas, de diez años, estalló en llanto. No había abrazo ni beso que lo consolara. ¿Cómo pudimos jugar tan mal?, repetía con voz ronca. Soledad, la mamá, lo llevó a fútbol para que se despejara, pero el malhumor no se le iba. Por eso, quedó en alerta para el partido frente a Croacia. Lo retiró la abuela antes del colegio, como le había pedido, lo mismo que a Lucía, de nueve años. Vinieron con dos amigos para ver el partido. "El día anterior, hablé con él. Le expliqué que era solo un partido -cuenta Soledad-. Que no siempre se gana, que hay mundiales cada cuatro años. Pero para él es toda una vida fue su respuesta".

Aunque ella estaba en el trabajo, los goles de Croacia la conectaron con la bronca de su hijo. Después del primero, llamó a la casa y la abuela le dijo que estaba mal, pero que lo venía manejando. En el segundo, lo mismo. "Cada jugada era una decepción. Se angustiaba más. Al tercer gol lo llamé y hablé con él: estaba indignado. No podía manejar la frustración y la angustia que le generó el resultado", dice Soledad.

La hermana menor intentaba convencerlo de que había posibilidades si ganaba Nigeria. El repetía que no, que esto era un desastre. "No puedo creer cómo está la gente en la calle. Están todos muy tristes. Imaginate si hubiéramos ganado", le dijo Lucía, a la noche, cuando volvió de su clase de acrobacia. Felipe, el mayor de los hermanos, que tiene 15 años, vio el partido con sus amigos. A él le tocó vivir con esa intensidad el mundial anterior. Ayer, después del tercer gol, él y sus amigos decidieron apagar la tele y encender la play.

"Los chicos respiran el clima emocional de la casa. Ellos no digieren lo que a nosotros nos cuesta metabolizar. Pensemos en las altas expectativas con las que los adultos introdujimos a estos chicos en el ambiente del Mundial. Compramos teles enormes, juntamos las figuritas, nos llenamos la boca hablando de Argentina, de Messi, de que somos los mejores. La diferencia es que los adultos tenemos otros recursos para manejar las expectativas frustradas. Enseguida pasamos a otra cosa. Pero los más chicos, los que viven su primer Mundial, sienten que hay una fiesta que termina abruptamente, de la peor manera. Es el fin del mundo. Por eso, como adultos tenemos que ser más inteligentes en cómo manejamos las pasiones. Ayudarlos a los chicos a reflexionar, a entender las lecciones que nos dejan estas experiencias", dice Mónica Cruppi, terapeuta de niños y miembro didacta de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA).

"En campeonatos anteriores, hemos desdeñado el salir segundos. Les enseñamos a nuestros hijos que ser subcampeones es un fracaso. Que el esfuerzo sólo vale por sus resultados. Son todas lecciones que vamos dando", agrega Cruppi.

Tolerar la frustración
¿Qué le ocurre al cerebro de los chicos frente a una derrota aplastante como la que tuvo la Selección frente a Croacia? La neurociencia tiene una explicación: "La tolerancia a la frustración es una capacidad que tenemos que desarrollar todos los seres humanos. Tiene que ver con la flexibilidad cognitiva. Algunas personas por razones neurobiológicas tienen poca tolerancia. Son más rígidos. Si las cosas no se dan como esperaban, se frustran. No manejan su impulsividad, no logran la metacognición, que es la capacidad de aprender de los errores. Pero el ambiente en el que crecemos es el caldo de cultivo. Puede empeorar o mejorar la neurobiología. Hoy, en muchos ambientes hay una muy baja tolerancia a la frustración. Son entornos en los que no reconocen límites, o que sobreponderan el éxito. Y esto empeora cómo se viven situaciones como la derrota frente a Croacia, sobre todo en los más chicos, que tienen menos desarrollada su flexibilidad cognitiva", explica Paula Tripicchio, psicóloga del Departamento Infanto Juvenil del Instituto de Neurología Cognitiva (Ineco).

"Tiene que ver con cómo se acompaña desde una situación de alta expectativa que no salió como queríamos. Los chicos son movidos por la ilusión. Depositan en Messi muchas expectativas. Cuando se ponen tristes, hay que acompañar esa tristeza. Ayudarlos a identificar las emociones que tienen. Hacerles ver que aún los mejores a veces pierden. Pero enseñarlo en el partido es difícil. Es nuestra responsabilidad como adultos enseñarles en la vida que Messi metió 100 goles y falló 300. Y gracias a que falló, acertó", agrega.

Fue un primer tiempo muy silencioso, cuenta Marita Viale, que vive en Bariloche. Es madre de Belén, de 7 años y de Martín, de 10. Se juntaron con otras dos familias para ver el partido. Marita cebaba mate, todos miraban la tele. "Después del primer gol, era alentemos igual. Después del segundo, dos de los chicos empezaron a llorar. Al tercero lloraban todos", cuenta.

Pero ya el partido contra Islandia los había hecho a los adultos replantearse sus reacciones. Cada vez que alguno se enojaba, otro flexibilizaba. No pasa nada. Vamos. Es solo un partido. "Nos dimos cuenta que nuestras reacciones frente al partido se potenciaban en los chicos. Que era importante que le pusiéramos humor, que desdramatizáramos el hecho de perder. Por eso, después del resultado, aunque todos estábamos bajoneados, igual decidimos que había que levantar el ánimo. Organizamos unos juegos, los chicos se quedaron jugando entre ellos. Cenamos juntos y así el drama se hizo más llevadero", cuenta Marita. "El martes vamos a hacer lo mismo. No hay que perder las esperanzas, pero tampoco la perspectiva de que es solo un juego", dice.

"¿Qué hacemos? ¿Te la saco?", preguntó la mamá, en la puerta de entrada de la Escuela de Música N°3, en Villa del Parque. Eran las 17.20 del jueves, acababa de sonar el timbre para entrar a la clase de guitarra y la nena, de unos 9 años, tenía la camiseta de Argentina y charcos en los ojos. Había que entrar a clase, justo cuando parecía que el mundo se había terminado. La chica se secó las lágrimas y dijo que no con la cabeza, con la dignidad de los que no se dan por vencidos. La camiseta se la dejaba. "¿Y si Nigeria gana? ¿Y si nosotros le ganamos.", intentó antes de cruzar la puerta. La madre se encogió de hombros. La esperanza todavía estaba rodando. El juego no se había acabado.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/2146561-como-manejar-la-frustracion-de-los-mas-chicos-en-su-primer-mundial - Franco Rossi Dallas y su papa Sebastián Crédito: Ignacio Sanchez



Las personas con un proyecto vital claro tienen mayor reserva cognitiva y se cuidan más

“Tener un proyecto vital, un objetivo en la vida que trascienda a uno mismo y que reporte satisfacción al esforzarse en conseguirlo es bueno para el cerebro y para laente se expresa Álvaro Pascual-Leone, catedrático de Neurología de la escuela médica de Harvard a la vista de los primeros resultados obtenidos por la Barcelona Brain Health Initiative (BBHI), de la que es director científico.

La BBHI es un ambicioso proyecto de investigación que busca identificar qué patrones de actividad cerebral, de forma de vida, de alimentación o de comportamiento minimizan el riesgo de desarrollar enfermedades neurológicas o psiquiátricas para después diseñar programas dirigidos a la población general con las recomendaciones más adecuadas para conservar un cerebro sano.

La preocupación social por ­envejecer con el cerebro sano es tal que los investigadores de la BBHI, que hace poco más de un año aspiraban a reunir 3.000 voluntarios de 40-65 años para sus trabajos, han podido disponer de más de 4.500 y con una predis­posición y un grado de impli­cación tan altos que han optado por ampliar las evaluaciones médicas, psicológicas y de comportamiento que les realizan para trabajar en su objetivo con mayor profundidad y detalle.

De hecho, la primera fase del proyecto BBHI, dedicada a recabar información sobre siete aspectos que los investigadores consideran que tienen relación con la actividad cerebral –estado de salud general, nutrición, sueño, ejercicio físico, estado de las funciones cognitivas, relaciones sociales y proyecto vital o sentido de la vida– ya ha arrojado resultados relevantes. “Hemos visto que las personas que tienen un proyecto vital bien definido y que se muestran ilusionadas y comprometidas con él están mejor a nivel cerebral, tienen menos problemas cognitivos en su vida cotidiana y están más sanos en general, se cuidan más”, resume Pascual-Leone.
Buscando una razón de ser y luchando por ella amplías la capacidad de tu cerebro para afrontar daños” Pascual Leone
Enfatiza que se trata un resultado novedoso –“tener un propósito vital da salud”– y con implicaciones importantes, porque también han constatado con instrumentos científicos validados que disponer de proyecto vital aumenta la reserva cognitiva, que es la capacidad cerebral para afrontar los retos, el estrés, los daños o las enfermedades. “Esto es relevante y da esperanza, porque significa que, hayas tenido la vida que hayas tenido, nunca es tarde para darte cuenta de que buscando una razón de ser, poniendo esfuerzo e ilusión en conseguirlo, puedes aumentar la capacidad de tu cerebro para sobrellevar los avatares de la vida que no se pueden controlar, sea el estrés laboral, un infarto, la pérdida de un ser querido o las propias enfermedades neurológicas”, comenta el director científico de la BBHI.

Pero, ¿a qué se refieren los científicos con tener un proyecto vital? ¿En qué consiste? Pascual-Leone explica que es una aspiración, una ilusión o una razón de ser trascendente, “aquello que a uno le motiva a seguir en la lucha, que le mantiene en marcha”.

Comenta que para una persona la razón para levantarse por la mañana pueden ser sus hijos o sus nietos, para otra el trabajo que hace, o un proyecto de voluntariado, o quizá la fe que tiene en una religión... Y añade que este proyecto vital personal tampoco es invariable, en una etapa de la vida puede ser establecer una familia y en otra trabajar como voluntario. “Lo que es común en todos los casos es que no es una realidad egoísta centrada en uno mismo sino que es algo que trasciende al individuo, que implica un esfuerzo y reconforta porque ese esfuerzo por conseguirlo da satisfacción”, detalla.

En realidad, el trabajo realizado por el equipo de la BBHI –que ha contado con David Bartrés-Faz, del Instituto de Neurociencias de la UB, como investigador principal–, ha evaluado tres dimensiones distintas relacionadas con el sentido de la vida o proyecto vital de las personas: su propósito en la vida, su sentido de coherencia y su compromiso con la vida.

La primera, el propósito en la vida (PiL, por sus siglas en inglés), se refiere a las aspiraciones, las metas a largo plazo que motivan el comportamiento de las personas. El SoC (sentido de coherencia, en inglés) tiene que ver con entender la propia vida y cómo encaja ésta en el mundo. De esta forma, tener un SoC fuerte permite a las personas ver la vida como algo coherente, comprensible, manejable y significativo, les otorga confianza y seguridad para identificar recursos dentro de uno mismo y en el entorno inmediato para enfrentar factores estresantes, y se ha constatado que eso es un recurso promotor de la salud. El tercer componente, el compromiso con la vida (EwL en inglés), es un componente afectivo que evalúa cuán importante y valiosa cree alguien que es su vida y su grado de satisfacción, su sensación de tener una vida digna de ser vivida.
Los investigadores de la BBHI intentan identificar los patrones de vida clave para un cerebro sano
Tras someter a diversos cuestionarios validados a 1.081 parti­cipantes de la BBHI, los inves­tigadores han concluido que las puntuaciones más altas de PiL y de SoC se correlacionan significativamente con una función cog­nitiva (desempeño de tareas intelectuales) más alta de las personas, y también con una mayor reserva cognitiva (el colchón de que dispone el cerebro para afrontar los avatares que tenga que enfrentar).

Ahora su objetivo es ver y entender la biología de esos vínculos, observar qué cambia en el cerebro de las personas que disponen de un proyecto vital más claro, cómo son sus patrones de actividad cerebral. Y ya se han puesto a ello.

En esta segunda fase de la BBHI –un proyecto promovido por el departamento de investigación del Instituto Guttmann y apoyado por la Obra Social La Caixa– están realizando análisis genéticos, exploraciones médicas, neuropsicológicas y electroencefalografía cualitativa de un subgrupo de los participantes en la primera fase. “Estamos explorando su actividad cortical con estimulación magnética transcraneal, medimos su reserva cognitiva, exploramos su marcha y su estabilidad, hacemos pruebas de esfuerzo para ver su forma física, analizamos sus genes, sangre, sus heces... Y todo gracias al profundo compromiso de estos voluntarios”, remarca Pascual-Leone. Su aspiración es ver y entender cómo trabaja su cerebro, el patrón de actividad cerebral que da lugar a su funcionamiento en la vida cotidiana, para entonces pasar a la tercera fase: desarrollar estrategias, planes de intervención para establecer pautas de conducta que den lugar a cambios en las conexiones cerebrales.

“Pensamos que hay que diseñar intervenciones multidimensionales, que para mantener el cerebro sano no se trata de recomendar hacer un poco más de ejercicio o dormir mejor, sino de atender a los siete pilares que vemos que impactan y tocarlos todos: cuidar la salud general controlando por ejemplo las enfermedades coronarias, mejorar la nutrición, aumentar el ejercicio físico, pautar la gimnasia cerebral, optimizar las relaciones sociales que la persona tenga, ayudarle a definir y aceptar un proyecto vital...”, detalla el neurólogo.

Tiene claro que la dificultad de esta fase no estriba en diseñar esa estrategia multidimensional para cada persona, sino en lograr que esta lo lleve a cabo y de forma ­sostenida en el tiempo. De ahí que entre los objetivos de la BBHI ­figure proporcionar a cada indi­viduo un entrenador de salud ­cerebral, una especie de coach ­basado en tecnología que maximice la probabilidad de que siga las recomendaciones que le hagan para que así modifique sus patrones de conducta en una acción mantenida en el tiempo.

Los siete pilares para unas neuronas sanas

SALUD. Las dolencias físicas que sufre cada persona, cómo están tratadas y el grado de cumplimiento de esos tratamientos, o incluso la frecuencia de sus visitas al médico, inciden en el cerebro, según los investigadores de la Barcelona Brain Health Initiative.

NUTRICIÓN. Qué se come, cuánto se come, el modelo de dieta, el peso, si este se mantiene u oscila con frecuencia importan a la hora de prevenir el deterioro cerebral.

SUEÑO. Las horas que una persona duerme, la calidad de su sueño, los ronquidos, si se despierta a menudo... son elementos que los investigadores relacionan con las funciones cognitivas.

EJERCICIO. Para la salud del cerebro cuenta no sólo la condición física o cómo de activa es la persona, sino también qué tipo de ejercicio hace –lo mejor es combinar aeróbico y anaeróbico–, cuántas veces –regularidad y constancia son fundamentales– o durante cuanto tiempo –una hora y media a la semana ya impacta en las funciones cognitivas–.

FUNCIONES COGNITIVAS. Los retos mentales que cada cual asume a diario, los problemas y retos que afronta, los problemas de atención o de memoria que presenta en su vida cotidiana resultan claves a la hora de prevenir o frenar el deterioro cerebral.

RELACIONES SOCIALES. Si una persona tiene o no muchos amigos, si dedica más o menos tiempo a sus relaciones sociales, si cuenta o no con una red de apoyo, son factores que influyen en una mayor o menor reserva cognitiva.

PROYECTO VITAL. Tener una razón de ser más allá de uno mismo, una aspiración, esforzarse para intentar conseguirla y encontrar satisfacción en ese esfuerzo también alimentan la capacidad del cerebro para sobrellevar los avatares de la vida y esquivar la enfermedad.
Fuente: http://www.lavanguardia.com/vivo/20180612/4552509268/proyecto-vital-ilusion-salud-cerebro-bbhi.html


A veces es posible conseguir la fama, pero pocas veces llega gracias a lo que uno espera. La historia está llena de artistas cuyas obras más conocidas no son, sin embargo, sus trabajos objetivamente más relevantes.

Los científicos también están a la merced de los caprichos de la fama.

En 1985 Marian Diamond publicó un estudio sobre el cerebro de Albert Einstein. En el trabajo había analizado varias muestras del cerebro del físico alemán y las comparó con muestras similares sacadas de cerebros control. El resultado fue que en el cerebro de Albert Einstein la cantidad de células gliales, un tipo de células que junto con las neuronas forma el sistema nervioso humano, era superior a lo normal en algunas de las áreas estudiadas. Como consecuencia de esta publicación Marian Diamond saltó a la fama, y la figura de Albert Einstein invisibilizó frente a las cámaras los grandes trabajos que Marian ya había realizado por aquel entonces.

En 1964 se publicó la primera evidencia sólida de que el cerebro adulto cambia anatómicamente con la experiencia. Actualmente, que el cerebro es un órgano plástico con una cierta capacidad de reorganización y adaptación a los estímulos es un hecho reconocido por toda la comunidad neurocientífica pero en los años sesenta no se creía así. De hecho, los trabajos que preceden a esta publicación se centran en estudiar si la experiencia produce cambios en la bioquímica del cerebro, no en su estructura. Incluir la anatomía fue algo innovador en el trabajo “Chemical and Anatomical Plasticity of Brain”, que tenía cuatro autores: tres hombres y una mujer, Marian C. Diamond.

En este experimento se criaron ratas en tres situaciones:

-Condición control, donde los animales vivían en situaciones de crianza corrientes.

-Condición social, donde los animales vivían con más compañeros de lo normal para aumentar sus estímulos sociales, tenían juguetes y se les motivaba a realizar varias actividades.

-Condición de aislamiento, donde entre otras limitaciones los animales vivían solos, sin juguetes, etc.

La idea era ver si vivir en un entorno con muchos estímulos o en uno de aislamiento generaba diferencias significativas en los cerebros de las ratas. Y así fue; siendo el resultado más importante del estudio las diferencias anatómicas que encontraron entre los cerebros de las ratas en condición social y de aislamiento. Este artículo supuso un cambio de paradigma hacia la idea de un cerebro cambiante, adaptativo, plástico.

Además de su carrera en el laboratorio, Marian compaginó la investigación con la docencia: fue profesora emérita de la unidad de Biología Integrativa de la Universidad de Berkeley, y afortunadamente algunas de sus clases de anotomía todavía se conservan gracias a que están disponibles en YouTube:



En la primera jornada, que a día de hoy supera el millón de visitas, mientras habla Marian tiene a su lado una mesa sobre la cual hay una sombrerera de flores azules. Cuentan que era frecuente verla por el campus universitario de un lado a otro con esa sombrerera… y en un determinado momento se acerca a la mesa, se coloca unos guantes de látex, abre la caja y extrae de ella un cerebro conservado en formaldehido: “Quiero que apreciéis lo que lleváis en vuestras cabezas porque esta masa solamente pesa unas tres libras y sin embargo tiene la capacidad de concebir el universo a mil millones de años luz… ¿no es fantástico?” les dice a sus alumnos mientras sostiene el cerebro.

Desgraciadamente, esta gran mujer falleció el 25 de julio de 2017 a los 90 años. Llevaba solamente tres años retirada de la docencia y la investigación. Pero al menos tenemos la suerte de poder disfrutar de su trabajo de investigación, sus clases y su ejemplo, que está recogido en el documental “My love affair with the brain: The life and science of Dr. Marian Diamond”.

Este post ha sido realizado por Pablo Barrecheguren (@pjbarrecheguren) y es una colaboración de Naukas con la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU.

Referencias:

Fuente: https://culturacientifica.com/2018/05/25/marian-diamond-la-cientifica-que-descubrio-la-plasticidad-cerebral/


Un estudio muestra que el núcleo accumbens es capaz de anticipar de manera inconsciente cuándo un proyecto tendrá éxito.

Parece que a nuestro cerebro se le dan mejor las predicciones que a nosotros mismos. Una parte de nuestro órgano pensante se activa cuando intuye que algo que va a ocurrir tendrá éxito, incluso si conscientemente hemos optado por la opción contraria.

Un equipo de la Universidad de Standford, liderado por Brian Knutson, escaneó el cerebro de 30 personas mientras decidían si financiar 36 proyectos desde un sitio web de crowdfunding. A cada uno de los participantes se les preguntó si les gustaría financiar el proyecto, y su cerebro fue escaneado mientras veía las fotos y descripciones de cada campaña.

La mitad de los proyectos obtuvieron fondos suficientes para salir adelante.

Al examinar los resultados de los escáneres cerebrales, el equipo descubrió que la actividad en una región, llamada el núcleo accumbens, había sido diferentes mientras se evaluaron los proyectos que, más tarde, fueron los elegidos para ser financiados. Es decir, el cerebro se comportó de manera diferente ante proyectos que, inconscientemente, se evaluaron como de éxito.

Entonces, el equipo diseñó un algoritmo para reconocer estas diferencias de la actividad cerebral usando datos de escaneo del 80% de los proyectos, y luego probó el programa en el 20% restante. El algoritmo fue capaz de pronosticar qué proyectos serían financiados con un 59,1% de precisión, más de lo que cabría esperar si se anticipase por mera casualidad. Unos resultados que contrastaron con la decisión consciente emitida por los participantes.

El algoritmo usado por el cerebro pronosticó qué proyectos serían financiados con un 59,1% de precisión, mucho más que lo esperado por el azar.

Al considerar cada propuesta, se les pidió a los voluntarios que evaluaran cuánto les gustaba cada proyecto, y cuán probable creían que cada uno de ellos debía alcanzar su objetivo de financiamiento. Lo más importante del estudio es que los resultados de los escáneres cerebrales no coincieron con el pensamiento inicial de los voluntarios, pero sí anticiparon los proyectos que tuvieron éxito.

El equipo de Knutson se sorprendió tanto por los resultados que repitió el experimento con nuevos participantes y nuevos proyectos que evaluar; y obtuvo los mismos resultados.

"Si podemos reconstruir el proceso de toma de decisiones en el cerebro, entonces seremos capaces de identificar la actividad cerebral que representa la intención de lo que una persona finalmente hará", dice Knutson. "Parece que la actividad en el núcleo accumbens es la encargada de este papel".

La diferencia en el rendimiento se puede explicar debido a que hay que sopesar varios factores para tomar decisiones. Por ejemplo, la actividad de tu núcleo accumbens -que está asociada con esperar una recompensa- podría aumentar con la perspectiva de comprar una galleta de chocolate; pero, al tiempo, otras regiones de tu cerebro pueden sopesar que vas a saltarte la dieta o que te gastarías menos dinero si te compras un bocadillo.

La explicación más simple de los resultados de Knutson es que hay algo acerca de la presentación visual de los proyectos que se evaluaron durante el estudio a los que el núcleo accumbens respondió fuertemente, y que es la respuesta positiva o negativa la que predijo su éxito a largo plazo. Una especie de intuición.
Referencias:
When brain beats behavior: Neuroforecasting crowdfunding outcomes. Alexander Genevsky, Carolyn Yoon and Brian Knutson
Journal of Neuroscience (2017) 1633-16; DOI: https://doi.org/10.1523/JNEUROSCI.1633-16.2017


En los últimos años la ciencia ha establecido de manera contundente que el cuerpo se ve afectado por los pensamientos y creencias del individuo. Ya no sólo el estrés como un factor determinante en la salud, sino también el pensamiento positivo y las creencias como capaces de activar una respuesta de sanación, algo que ocurre de manera frecuente con la toma de un placebo. En este sentido la ciencia llega al último a algo que era evidente para la experiencia común o para la sabiduría popular.

Uno de los panoramas más completos de la sanación mente-cuerpo (mind-body healing en inglés) ha sido realizado por la periodista científica Jo Marchant, quien acaba de publicar el libro Cure, en el que no sólo revisa diferentes estudios científicos, sino que entrevista a personas que han experimentado la sanación facilitada por el pensamiento y experimenta ella misma con técnicas y nueva tecnología que está poniendo esto en práctica.

Marchant concluye que existe evidencia científica que sustenta el poder de sanación del pensamiento. Ejemplos de esto van desde evidencia de que la hipnosis es altamente efectiva para sanar el síndrome del intestino irritable, estudios que correlacionan la longitud de los telómeros (los extremos de los cromosomas) y el estrés percibido en el paciente o la fascinante capacidad que tiene el juego de realidad virtual Snow World para disminuir el dolor en pacientes que han sufrido severas quemaduras. En este caso, los pacientes utilizan una interfaz de realidad virtual para navegar un paisaje de hielo y realizan algunas acciones como tirar bolas de nieve a pingüinos y hombres de nieve. Al focalizar la atención del cerebro en la nieve se produce una disminución del dolor de entre 15% y 40%, a veces superando lo que logran fuertes analgésicos. Otro caso fascinante es el de las pastillas de placebo que son tomadas sabiendo que son placebo y aún así funcionan.

Lo que convenció a Marchant, sin embargo, de la realidad del efecto mental de sanación, fue encontrar una función evolutiva para la influencia de la mente en la salud:
Actualmente existen diversas líneas de investigación que sugieren que nuestra percepción mental del mundo constantemente informa y guía nuestro sistema inmune de una forma que nos permite responder mejor a amenazas futuras. Ese fue el momento "Eureka" para mí --en el que la idea de una mente entrelazada con el cuerpo de repente hizo más sentido desde una perspectiva científica.

La respuesta de sanación mediada por el pensamiento parece operar en el sentido contrario que el estrés, el cual está asociado con la tensión mental (la primera opera a través de la relajación). Mientras que sabemos que el estrés tiene la función evolutiva de protegernos del peligro, al colocarnos en el famoso modo "huir o luchar" (el cual es cronificado por amenazas invisibles sostenidas por la creencia de la mente), es menos evidente, desde la perspectiva de la ciencia, la función evolutiva de la propiedad de autosanación que tiene la mente humana. Dice Marchant:
Los investigadores actualmente han descubierto que las creencias positivas no sólo funcionan mitigando el estrés. Tienen un efecto positivo también --hacernos sentir sanos y salvos, o creer que las cosas se resolverán positivamente, parece ayudar al cuerpo a preservarse y repararse... El optimismo parece reducir los niveles inflamatorios producidos por hormonas como el cortisol. También parece reducir la susceptibilidad a la enfermedad al reducir la actividad del sistema nervioso simpático y estimular el parasimpático. Este último gobierna lo que se conoce como la respuesta de "descansar y digerir", lo opuesto a la respuesta "huir o luchar".

De aquí podemos inferir algo bastante sencillo, que la mente es la gobernadora o directora del cuerpo y al relajarse y dejar de enviar un exceso de energía a ciertos puntos del cuerpo éstos pueden descansar y repararse de manera natural. Algo que es difícil de determinar actualmente es si la dirección o el énfasis del pensamiento --que parece acarrear una cierta energía o al menos un contenido de información que se transduce como un trabajo o una acción corporal-- puede, por así decirlo, "colorear" la reacción que se produce, es decir, conlleva una cierta nota cualitativa en su focalización. Esto significaría que la sanación no sólo se produce por la retirada de la tensión mental que inundaba o bloqueaba el funcionamiento de un sistema u órgano específico , sino también por el efecto positivo de un tipo de concentración. En otras palabras, ¿es la ausencia de tensión la que produce los beneficios de salud o existe también una acción positiva capaz de activar una respuesta que no necesariamente existe como consecuencia de la ausencia de estrés? En primera instancia la medicina moderna no estará dispuesta a aceptar que el pensamiento dirige un flujo de energía de sanación, a lo mucho entenderá el efecto del pensamiento como detonando la secreción de un cóctel de neurotransmiores, ya sean excitatorios o inhibidores (de una manera un poco reduccionista los inhibidores serían los relacionados a una respuesta de sanación). En la medicina china, sin embargo, existe el concepto de "qi", la energía vital de la cual depende el organismo en su totalidad para su buen funcionamiento. A grosso modo el "qi" circula por el cuerpo a través de la sangre --así es como funciona la acupuntura; sin embargo la filosofía taoísta considera que el "qi" puede dirigirse a través de la intención, esto es lo que se conoce en el qi gong como "dao yin", la dirección consciente de la energía (se dice que donde está la atención está la energía).

Marchant apunta a que el pensamiento tiene una función moduladora del sistema inmune, lo cual significa que nuestro sistema de defensa, el cual se extiende por todo el cuerpo (aunque tiene su mayor concentración en la pared intestinal, ligado a nuestra flora intestinal y al llamado "segundo cerebro" o sistema neuroentérico), no es un órgano que funciona de manera automática, sino que es sensible a nuestra percepción del mundo, a nuestra agencia. Nuestra percepción, como también nuestras bacterias, entrenan a este ejército de células y las ponen a punto para desplegar de manera efectiva sus recursos. Una mala percepción sobre un potencial enemigo puede hacer que incendiemos nuestra aldea como estrategia de sobrevivencia para detener que siga avanzando el enemigo, cuando quizás ese enemigo hubiera sido fácilmente detenido en la primera línea de combate.

Quizás estemos en los comienzos de un cambio de paradigma, aunque será difícil superar la presión de las grandes farmacéuticas que determinan los métodos de tratamiento que son validos y que dependen (y la economía con ellas) del constante aumento de enfermos crónicos. Marchant, sin embargo, considera que los datos demuestran que en el caso de algunas condiciones médicas existen métodos de tratamiento menos costosos y problemáticos, con menos efectos secundarios y riesgos de adicción, basados en este principio de sanación cuerpo-mente.

Es fácil notar para cualquiera que investigue la literatura médica o que se observe a sí mismo detenidamente que nuestro estado de ánimo y los estímulos del medio ambiente tienen efectos a nivel celular y son tanto o más importantes para nuestra salud que nuestros genes. El trabajo del profesor de medicina de UCLA Steven Cole va en este sentido. Cole ha notado que el nivel de satisfacción y significado que tenemos en nuestra vida está asociado con el funcionamiento de nuestro sistema inmune: "La vieja forma de pensar era que nuestros cuerpos eran entidades biológicas estables, fundamentalmente separadas del mundo externo... La nueva forma de pensar es que hay mucha más permeabilidad y fluidez… nuestro cuerpo es literalmente producto del ambiente”; con ambiente Cole se refiere a las experiencias que tenemos y la percepción de las mismas. Cole cree que las experiencias positivas son capaces de “remodelar nuestra composición celular".

El filósofo Manly P. Hall dedicó buena parte de su estudio a entender la relación entre la concentración del pensamiento y la salud del cuerpo o la capacidad del pensamiento de regular las conductas internas y externas del organismo, desde la perspectiva del budismo zen y también desde la medicina alternativa. Según Hall: “Una de las funciones principales de la mente es mantener a bajo nivel la presión o, mejor dicho, no permitir que la presión surja desde un inicio”. La presión, tensión o estrés que coarta la función natural, el crecimiento y el desarrollo físico y espiritual de un individuo. Aquí llegamos a otra "función evolutiva" de la sanación cuerpo-mente, esta vez desde la filosofía y bajo un entendimiento muy distinto. Se trata no sólo de la función evolutiva de este mecanismo de sanación, sino en general de la mente humana, el director de la orquesta. En la visión espiritual de Hall, la labor de la mente es solamente allanar el camino --hacerse a un lado-- para que el impulso vital original pueda desarrollarse, siendo el hombre una especie de planta metafísica, cuyo crecimiento hacia planos más sutiles de existencia es igualmente natural y opera bajo las leyes universales de la necesidad. Bajo la perspectiva de Hall, la enfermedad no es más que la manifestación de una desviación de este mismo cauce natural-espiritual de crecimiento, con una función evolutiva también: la de llamarnos la atención a través del dolor y el sufrimiento para obligarnos a corregir y alinearnos con el camino que sigue la naturaleza, alinearnos de alguna forma con el flujo de la energía original que nos atraviesa o con el mismo destino del cual somos portadores.

Evidentemente las ideas de Hall entran dentro de lo que se llama "pseudociencia", pero decidí incluirlas en este artículo (aunque los lectores de una mentalidad estrictamente científica estarán aquí invalidando de facto lo presentado hasta ahora) como un corolario de reflexión, bajo el entendido de que en el caso de la influencia de la mente en las enfermedades y en los procesos de sanación, la ciencia ciertamente no tiene todas las repuestas y se beneficiaría de considerar las más diversas posibilidades, incluso aquellas que ponen en entredicho su paradigma dominante. De hecho, la evidencia del placebo y de la sanación mente-cuerpo plantea ya serias preguntas al modelo materialista de la ciencia, así que sigamos preguntando sobre cómo la mente afecta el cuerpo y no dejemos de lado la pregunta filosófica de por qué la mente tiene la capacidad de hacer sanar o enfermar un cuerpo. ¿Qué nos dice este "poder" sobre la naturaleza de la materia? ¿Es acaso un signo más de que la conciencia es una propiedad fundamental del universo? Y, por otro lado, reflexionemos sobre qué nos dice esto en su última consecuencia sobre la salud, ¿acaso no mueve la responsabilidad de estar o no enfermo del azar o de la genética al individuo, dueño de sus actos y pensamientos, agente más que paciente?

Fuente: https://pijamasurf.com/2016/01/la-explicacion-cientifica-de-por-que-la-mente-puede-curar-el-cuerpo/


¿El gran científico suele estar chiflado, o es lo que dicen los mediocres para consolarse?
Los grandes científicos no lo son por su locura sino, todo lo contrario, por su extraordinaria lucidez. Pero excéntricos los hay.

¿Les consideran locos porque desafían el orden y el saber establecidos?
Desafiar lo establecido es necesario para avanzar, pero lo que ha hecho progresar a la ciencia ha sido la incorporación masiva de miles de talentos en algunos momentos y, entre ellos, algunos genios.

¿Por qué?
Por la diversidad de nuevas preguntas que hacían. La diversidad es creativa.

¿En qué épocas se hizo ciencia masiva?
Durante la guerra fría, por ejemplo, la carrera armamentística exigió billones en presupuesto y movilizó miles de científicos de las dos superpotencias en conflicto.

Internet fue concebido como una red de mando sin centro para la guerra fría.
Los radares, que hoy permiten detectar el eco del big bang, se desarrollaron entonces, igual que los satélites, como armas de alta tecnología. Después hubo otros que las usaron para verificar, por ejemplo, las teorías de Einstein que hoy hacen que nuestros móviles y GPS funcionen.

¿El genio es más bien grupo de genios?
La ciencia es tanto producto de la inteligencia colectiva como de genios aislados. A veces, el desafío lo lanzan un grupo de genios, como los físicos hippies de Berkeley, el Fundamental Fysiks Group.

¿Por qué los llama hippies?
Porque lo eran. La crisis económica de 1972 y sus recortes dejaron sin trabajo a brillantes doctores en Física Teórica como ellos.

¿Qué hicieron en el paro?
Pues trabajar como nunca. Como no tenían ningún empleo del que ser despedidos, se dedicaron a pensar por libre relacionando la física y la cosmología con la contracultura.

¿Al menos se divirtieron?
Desafiaron los límites del universo y del conocimiento concibiendo la moderna teoría cuántica, al mismo tiempo que leían el Tao o exploraban la psicodelia.

La verdad es que se parecen.
Fritjof Capra escribió el fascinante El Tao de la física, y alguno experimentó con LSD, pero eso no los hizo brillantes. En conjunto, su trabajo sobre el teorema de Bell y el enlazamiento cuántico permitió el despegue de la teoría de la información cuántica.

¿Paz y amor en el equilibrio del terror?
Así es la humanidad, nuestra historia y la ciencia: el Nobel de Física Hans Bethe, por ejemplo, supo describir cómo ardían las estrellas después de haber trabajado en Los Álamos en el proyecto Manhattan, que fabricó las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Richard Feynman, que ahora cumpliría 100 años, también trabajó en Los Álamos.
Pero no le gustaban los aires que se daban los generales por allí. Le encantaba ponerlos en ridículo descifrando las cajas fuertes de secretos militares y abriéndolas ante todos.

También le gustaba, explica en sus memorias, hacer sus cálculos en un bar de topless.
Es más relevante su actitud ética tras su participación en la fabricación de la bomba atómica. Su reacción fue abandonar la investigación armamentística mientras otros colegas seguían involucrados en la bomba de hidrógeno.

¿Qué hizo después Feynman?
Revolucionar la física cuántica, porque para dejar atrás su investigación bélica quiso avanzar en otra dirección, pero lo paradójico es que ese trabajo se benefició, incluso sin que él se diera cuenta, de lo que había aprendido durante la Segunda Guerra Mundial.

De nuevo el bien y el mal se niegan a ser identificados por separado.
Así nos dio un mapa formidable de las partículas elementales y las fuerzas con que interactúan. Fue el primero en comprender la reactividad, una fuerza que nos retrotrae a los tiempos de la gran pionera Marie Curie.

Parece ser por su autobiografía que también tenía tiempo para divertirse.
Y mucho. A veces se concedía unas vacaciones y se iba a los carnavales de Río de Janeiro sin avisar. Pero también siguió ensanchando los límites de la física después –y eso no es nada habitual– de cumplir los 60 años.

¿Cómo lo consiguió?
Hacía lo que le daba la gana siempre y cuando se divirtiera haciéndolo. Se negaba a realizar los trabajos aburridos administrativos o de gestión para concentrarse en “perseguir el flujo del río de las ideas”.

¿Y usted también las persigue?
A mí me fascina el enlazamiento cuántico y cómo se va transformando en realidades día a día: cómo los ordenadores cuánticos pronto cambiarán el mundo.

¿Gracias a aquellos físicos hippies?
Einstein los odiaba. Algunos de esos jóvenes físicos creían que la teoría cuántica acabaría explicando el control de la mente mientras practicaban yoga o leían el Tao.

Eran jóvenes.
Y hoy lo son más que nunca, porque gobiernos y megacorporaciones se están gastando miles de millones en experimentos cuánticos que avanzan en el camino que ya intuían aquellos jóvenes físicos en paro.
Fuente: http://www.lavanguardia.com/lacontra/20180525/443809628689/fisicos-hippies-alumbraron-la-teoria-cuantica-leyendo-el-tao.html